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Contratos no tan inteligentes

Desde hace algunos años se ha hecho popular la expresión contratos inteligentes, o su versión en inglés smart contracts, sobre todo muy vinculada al ámbito tecnológico, que es de donde surge, pero ahora ya presente en otros espacios debido a su gran potencial.

Las primeras referencias que tuve de los contratos inteligentes fueron en relación a la tecnología blockchain, que es la que sustenta la estructura de criptomonedas como el Bitcoin. Hoy en día esta moneda virtual tiene mala fama por la especulación de la que es objeto, así como por su supuesto uso poco ético. Creo que ambas acusaciones son discutibles o, por lo menos, no exclusivas; a fin de cuentas, todo aquello que está en un mercado abierto puede sufrir los efectos de la oferta y la demanda; y dudo que exista alguna moneda física con la que no se hayan comprado drogas, armas, influencias… pero esto es tema para otro debate.

Sin entrar en tecnicismos que desconozco, se podría decir que los contratos inteligentes son programas informáticos autoejecutables cuando se cumplen las condiciones establecidos en dichos contratos, y basados en la mencionada tecnología blockchain que proporcionaría robustez, transparencia y fiabilidad.  Aunque así dicho quizás no parezca especialmente relevante, mi impresión es que su generalización supondría la simplificación de los acuerdos entre partes, dotándolos de mayor seguridad.

Sin embargo, y esta es mi queja, creo que no estamos ni en el momento ni en el entorno para que nos podamos beneficiar plenamente de esta tecnología. Entre otras cosas por las siguientes razones:

  • Mayor definición y claridad del contrato: muchos contratos se redactan de manera vaga, especialmente en lo relativo a los efectos del cumplimiento o incumplimiento de su articulado. Y ese es un elemento especialmente potente de los contratos inteligentes, que se ejecutan automáticamente cuando se produce una causalidad (if…, them…) recogida en dicho contrato.Quizás algunos prefieran esos textos vagos que, en caso de discrepancia, permiten artimañas para litigar. Eso es contrario a la filosofía de los contratos inteligentes.
  • Hace falta un nuevo lenguaje: redactar estos contratos será más parecido a programar que a escribir un documento. Por tanto, serán necesarias personas que tengan el conocimiento para programar el contenido del contrato.
  • Falta de desarrollo jurídico: esta novedad tecnológica para expandirse requerirá de unas condiciones jurídicas mínimas que las partes asuman y les permita involucrarse. Ello puede requerir el establecimiento de estándares a nivel transnacional, lo que puede llevar tiempo.

A falta de esas condiciones creo que, de momento, solo algunos sectores muy interrelacionados como el financiero podrán poner en marcha iniciativas en base a contratos inteligentes.

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